
En la bajada de la escalera del cerro Santa Lucia, vendía la mercadería que llevaba. Unos cuchuflis tibios al sol del mediodía, son el sueldo que se adjudica.
“Rico el cuchuflí, lleve su cuchuflí” es el grito de venta, lleva años en el rubro y doña Rosio sabe lo que hace. Su clientela no es fiel, pero sabe que es golosa y es que el olor a los cuchuflies tienta a cualquier infante que vaya con su madre. También sabe que la mejor época es invierno y que si bien ahora le iría mejor vendiendo helados, es una mujer de costumbre y su historia está escrita con manjar, y no con el producto de temporada.
Bañados en chocolate blanco y negro, pero el relleno es esencialmente el mismo dulce de leche que le gusta preparar de los tarros de leche condensada. Es una de las pocas que lo hace y por eso también disfruta de venderlos. No haría que sus clientes llevaran cualquier cosa que sepa a manjar, ella vende cuchuflís con manjar y realmente lo son.
Y así es, esa es la profesión hecha costumbre pero parte de su ritual de vida, y del cerro.

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