
Miró el tablero, definiendo la mejor jugada para mover su caballo….Analizó los posibles movimientos que podría realizar su oponente, según las piezas restantes del tablero. “Es necesario ser analítica y metódica” se repetía constantemente mientras daba con la casilla a mover.
Tomó la pieza con su mano izquierda y miró de reojo a su rival de tablero. Sonrió tímidamente con sus labios secos y azarosos... sabía muy bien que esa sonrisa no fue provocada por el nervio de no delatar su intención con la jugada… había algo más que ella conocía a cabalidad…
Había entre ellos 64 casillas y 22 piezas restantes que los separaban en distancia física. ¿Hace cuánto tiempo estaba ya sentada en esa silla? (unas cuantas semanas ya había estado así…y rió), fingiendo ser una experta en ajedrez, cuando su “profesionalismo” no llegaba más allá de las partidas de dama que aventuraba a jugar por entretención y en las cuales ganaba la misma cantidad de veces que perdía. ¿Qué hacía sentada allí? Las circunstancias la llevaron a ese momento, no fue la casualidad, nó. Eso no era un factor posible, puesto que ella no creía en la casualidad, todo tiene una razón, un momento para suceder, los hechos son así.
Le tembló la mano, sintió como subía la temperatura de su cuerpo hasta sus mejillas, acalorándolas de un rojo que se le extendió a su boca. El ritmo cardiaco aumento y sentía como si el corazón pudiese salir caminando de su pecho. “Ahora o nunca” fue el pensamiento fugaz que tuvo, siquiera lo meditó, no dió más espacio a análisis ni razonamiento, esa era la oportunidad y si no lo hacía, entonces más nunca tomaría ese valor.
Dejó la pieza en la misma casilla de donde la había tomado y con las manos cogió el tablero para moverlo a otra mesa. Leonardo, levanto las manos y alcanzó a cogerlo cuando éste ya iba rumbo a otro lugar, la miró sin entender y antes de que pudiera decir algo, Verónica, movió su cara y le guiñó un ojo, “espera un poco” le dijo… y es que realmente no era necesario que pronunciara algo, si la situación hablaba por si sola. Siguió con su taquicardia, provocada por su estado de ánimo (extremadamente impaciente) y cuando llegó al mesón a acomodar el tablero giró sobre sí y miró a su oponente…”Aquí vamos”, ese fue el último pensamiento antes de acercarse a él. Con sus manos temblorosas, le tomo la cara con decisión y lo beso sutílmente, como palpando el terreno en busca de la respuesta que esperaba encontrar, o seguir ese ritmo o en la peor situación abortar su cometido.
La respuesta que obtuvo, en sí careció de importancia, una vez que probó la sensación de sus labios en ese roce constante con los de él, no hubo más. Muchas cosas pueden haberse desprendido de la mente de Leonardo, pero carecían de importancia, el hecho en si de manera real, era que respondió a su boca y lo que saliera como palabras después, o reafirmaría lo que estaba pasando o simplemente serían razonamientos de negación. Habían sido buenos compañeros, no sabía si eran amigos a pesar de compartir muchas conversaciones de matiz personal, pero el hecho indiscutible era que los besos habían hablado por si solos y lo demás, simplemente, estaba demás.
Tomó la pieza con su mano izquierda y miró de reojo a su rival de tablero. Sonrió tímidamente con sus labios secos y azarosos... sabía muy bien que esa sonrisa no fue provocada por el nervio de no delatar su intención con la jugada… había algo más que ella conocía a cabalidad…
Había entre ellos 64 casillas y 22 piezas restantes que los separaban en distancia física. ¿Hace cuánto tiempo estaba ya sentada en esa silla? (unas cuantas semanas ya había estado así…y rió), fingiendo ser una experta en ajedrez, cuando su “profesionalismo” no llegaba más allá de las partidas de dama que aventuraba a jugar por entretención y en las cuales ganaba la misma cantidad de veces que perdía. ¿Qué hacía sentada allí? Las circunstancias la llevaron a ese momento, no fue la casualidad, nó. Eso no era un factor posible, puesto que ella no creía en la casualidad, todo tiene una razón, un momento para suceder, los hechos son así.
Le tembló la mano, sintió como subía la temperatura de su cuerpo hasta sus mejillas, acalorándolas de un rojo que se le extendió a su boca. El ritmo cardiaco aumento y sentía como si el corazón pudiese salir caminando de su pecho. “Ahora o nunca” fue el pensamiento fugaz que tuvo, siquiera lo meditó, no dió más espacio a análisis ni razonamiento, esa era la oportunidad y si no lo hacía, entonces más nunca tomaría ese valor.
Dejó la pieza en la misma casilla de donde la había tomado y con las manos cogió el tablero para moverlo a otra mesa. Leonardo, levanto las manos y alcanzó a cogerlo cuando éste ya iba rumbo a otro lugar, la miró sin entender y antes de que pudiera decir algo, Verónica, movió su cara y le guiñó un ojo, “espera un poco” le dijo… y es que realmente no era necesario que pronunciara algo, si la situación hablaba por si sola. Siguió con su taquicardia, provocada por su estado de ánimo (extremadamente impaciente) y cuando llegó al mesón a acomodar el tablero giró sobre sí y miró a su oponente…”Aquí vamos”, ese fue el último pensamiento antes de acercarse a él. Con sus manos temblorosas, le tomo la cara con decisión y lo beso sutílmente, como palpando el terreno en busca de la respuesta que esperaba encontrar, o seguir ese ritmo o en la peor situación abortar su cometido.
La respuesta que obtuvo, en sí careció de importancia, una vez que probó la sensación de sus labios en ese roce constante con los de él, no hubo más. Muchas cosas pueden haberse desprendido de la mente de Leonardo, pero carecían de importancia, el hecho en si de manera real, era que respondió a su boca y lo que saliera como palabras después, o reafirmaría lo que estaba pasando o simplemente serían razonamientos de negación. Habían sido buenos compañeros, no sabía si eran amigos a pesar de compartir muchas conversaciones de matiz personal, pero el hecho indiscutible era que los besos habían hablado por si solos y lo demás, simplemente, estaba demás.

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